Anónimo
Anónimo preguntado en EducaciónOtros - Educación · hace 1 década

URgENtE!!!!! Alguien sabe cuentos...?????

Hola!!! Necesito si alguien sabe de dónde puedo sacar cuentos que hablen de abuelos, ó si saben alguno y me lo pueden hacer llegar. Lo necesito Urgente!!!!

Actualización:

Soy maestra de catequesis, es para trabajar con los pequeños de 6 años, para introducir el tema de los abuelos. Muchas gracias a los que me estan ayudando...

Va a recibir puntos lo que mas se adapte a mi necesidad...

Saludos amigos y eternamente agradecida!!!!

3 respuestas

Calificación
  • grego
    Lv 6
    hace 1 década
    Respuesta preferida

    Ya vendieron el piano

    Los vi desde la ventanilla del tren y saqué medio cuerpo afuera para llamarlos. Papá tomó a mamá por un brazo y prácticamente la arrastró hasta llegar frente a mí. Yo miraba, asombrado, cómo había aumentado el volumen de su vientre desde que me marchara un mes atrás y Margarita, mi prima, que se había peinado unas veinte veces durante el viaje, me tironeó de la camisa gritándome que le ayudara con el bolso. Toda la gente está bajando, ¿pensás quedarte arriba del tren? Papá me arrebató el bolso en cuanto pisé la plataforma. Mamá me estrechó, como pudo, contra su pecho y los cuatro caminamos hacia la salida de la estación.

    - ¿Lo pasaste bien, Pablito? ¿Cómo se portó el nene, Margarita? ¿Hizo rezongar mucho a la tía Carmen? ¿Todavía sigue en cama tío Miguel? ¿El médico piensa que tendrá para mucho? Cuánto te agradezco, querida, las molestias que te tomaste por Pablito. Pero si supieras qué trajín con todo lo que pasó y yo no me sentía muy bien. No sabés lo que te agradezco la ayuda que nos prestaste.

    Mamá dijo todo esto, casi sin respirar, y Margarita le contestó de un tirón que yo me porté como un hombrecito, la tía Carmen encantada de tenerme allá, el tío Miguel todavía en cama y tenía para rato porque el médico le había ordenado reposo absoluto durante un mes más por lo menos.

    Llegamos a casa a la hora de la cena; la mesa estaba puesta y en seguida de lavarnos las manos nos sentamos a comer.

    Mamá se echó sobre el sillón de la salita diciendo que le dolían los riñones y le pidió a Tina, la muchacha, que le llevara la comida allí. Margarita ocupó la silla de mamá y entonces noté que el lugar del abuelo estaba vacío.

    - ¿Y el abuelo? pregunté con sorpresa.

    Los grandes se miraron entre sí y luego, lentamente y dando muchos rodeos, papá me comunicó que el abuelo se había ido de viaje, un largo viaje con destino al cielo o algo así.

    Un largo viaje, abuelo. Y así supe que te habías muerto. Y de pronto me di cuenta de que todos estaban tristes y yo también.

    - ¿La muerte es para siempre?

    No me contestaron y no repetí la pregunta. Nadie comió esa noche.

    Margarita se quedó en casa hasta que nació la nena. Roja y arrugada. La llamaron Mariana y me prohibieron levantarla de la cuna. Con el tiempo se volvió blanca y gorda y aprendió a decir algunas palabras, entre las que se encontraba mi nombre.

    Fue entonces cuando pusieron una sillita alta en tu lugar, y desde allí Mariana, metía las manos en el puré, mientras mamá le daba de comer por cucharadas.

    Ellos dejaron de nombrarte, abuelo. Pero yo me acordaba de vos. De tu cabeza canosa, de tu voz fuerte, del bonito reloj de bolsillo que se llevó tío Antonio, de tus cuentos de cacería con el imponente rifle que se llevó tío Juan. Papá hizo un atado con tu ropa y la mandó al Ejército de Salvación.

    Un día al volver de la escuela, entré a tu cuarto, y en lugar de tu cama de bronce, me encontré con la cuna de Mariana y unas cortinas nuevas en la ventana. Unas cortinas con escarabajos verdes y flores anaranjadas.

    Me daba rabia ver cómo te iban sacando de la casa que era tuya, que vos mismo mandaste construir; que se llenaba con tus rezongos cuando ponían alto el televisor y cuando te negabas a tomar los remedios que te recetó el médico, y cuando peleabas con mamá porque a ella le daba nauseas el olor del tabaco de tu pipa. (Ella la tiró a la basura, pero yo la recogí y la tengo guardada en la caja de los soldados de plástico).

    La casa también se llenaba con tu música cuando tocabas el piano. Papá te decía que por qué no cambiabas, pero a mí me gustaban esas cosas antiguas que tocabas; especialmente la marcha esa de los aliados en la primera guerra.

    Yo la tarareo cuando juego a los soldados y los indios y me imagino que me acompañás con el piano.

    Te extraño, abuelo. Aunque me tirabas del pelo cuando hacía ruido para tomar la sopa y te quedabas dormido mientras jugábamos a las cartas.

    Tengo ganas de verte, pero no sé dónde. Aquí en casa no, abuelo. Mejor no porque si vinieras sería un verdadero problema, no sabrían dónde meterte. No hay lugar para vos en casa. Se armaría un lío. Además, ya vendieron el piano.

    autor: Poldy Bird

  • hace 1 década

    Sin cuentos

    Había una vez un par de niños que se encontraban en el rinconcito de uno de los vagones de la locomotora de Vapor que iba de México a Tehuacan, estaban muy contentos porque se iban a trabajar; eso sí, muy bien agarraditos de las manos para no perderse, sabían que si se soltaban se perderían ya que eran muy jóvenes, muy chicos.

    Se les veía una y otra vez, nosotros estábamos de frente de ellos como todos los días en el rinconcito contrario del eslabón de la palanca de emergencia y que siempre miraban, pareciera que la cuidaban como algo de su propiedad, cualquier movimiento, cualquier intento de tocarla en falso, era poner la atención a sus más de cinco sentidos para evitar un desastre.

    -Estaba aburrido-.

    Durante el viaje y mientras mirábamos los puentes y las curvas de la sierra, el abuelo me contó que antes no había cuentos que contar, la vida para los niños era jugar a las piedritas, a las varitas y a los cantos; a demás de ir a los calmecac o los calpullis, no había en que divertirse y mucho menos en que entretenerse. El papel era como los que están en las mesas de mi padre, de raíz de árbol, creo que es como cuando juntas un montón de pelos de elote y los aplanas.

    Cuenta que sus antepasados soñaron un mundo gris y triste antes de la llegada de los españoles, los niños revoloteaban la tierra entre gusanos de maguey y hacían pirámides y no castillos de arena como los de ahora. Los jóvenes se instruían en las artes de defensa del imperio, las mujeres se preparaban para la guerra en la cocina, entre jícaras, molcajetes, metates y bebes que cambiar, su vida y su diversión era sobrevivir a la vida misma.

    Mientras tanto, los señores grandes o viejos como les decimos ahora, se dedicaban a mantener la paz y las decisiones de todo Mesoamérica. Los abuelos de mis abuelos, pertenecían al gran tlatoani y condescendientes de Azcapotzalco pero eran como mis otros tíos que no veo, malos pues ellos mandaron matar al señor padre de Nezahualpilli, el dador de poesías de ese tiempo, quien veía que la escritura era la máxima expresión para todos y que la lectura y el pensamiento era la libertad de los hombres de nuestro pueblo.

    El abuelo contaba que el mundo aquel no había cuento alguno, porque ellos eran los personajes de su propio cuento. No podían contarse nada pues ellos escribían la vida que hoy conocemos. La historia que hoy leemos como un cuento, era la vida de los abuelos de mis abuelos.

    Pero el silencio de los túneles en la sierra se rompió cuando una señora comenzó a discutir con uno de los pasajeros, casi no había nadie. Entre gritos y sonrisas, solamente los jaloneos se escuchaban:

    -Discúlpeme pero yo llegue primero, el lugar es mío Decía una señora blanquita mandil y con lentes muy gruesos.

    -Mamá, eso no se dice, es solo un compañero de trabajo, es mi jefe. repicaba una niña chiquita y de boquita respingada, Raquelin-.

    -Paso el momento y nuevamente, sentados empezamos a escuchar al abuelo, con voz lenta y de sonidos pausados por su edad-.

    Antes los niños una mañana salieron a jugar entre mariposas, colibríes, tlaconetes y caracolas de lago; también había tucanes mayas, armadillos, liebres y venados yaquis y por la tarde –ya para anochecer-. Comenzaron una danza entre niños y niñas los varones estaban en un aro por fuera y dando giros hacia donde van las manecillas del reloj. Las mujercitas dentro de ellos en otro círculo más pequeño danzando hacia el lado contrario de ellos, subiendo, bajando sus manos y girando individualmente

    Cada uno traía huesos, teponaztles, caracoles gigantes y raspadores, alrededor de sus pies llevaban huesitos o semillitas como las que hoy usan los concheros. Ellas tocaban silbatos, pitos y flautitas de palo y carrizo. Se preparaban para soñar al futuro, era una danza para los dioses de nuestra tierra, una adoración para llegar al progreso y sabiduría.

    Mientras tanto, Miquitzin, el más pequeño del nieto del nieto y del otro nieto de mi abuelo recitaba una poesía para que sus predecesores en el futuro lejano la leyeran un día la Lira y Canto de Nezahualcoyotl después de su muerte.

    - ¡Ahora canto siempre,

    el tiempo y la edad avanza,

    se me brinda,

    he sido admitido después de larga espera,

    ante los desmesurados intentos; y

    las terribles caídas del imperio.

    Estoy cantando,

    si bien puedo nombrar que es llanto!

    Mientras gritaba el chapeado el hijo del señor de Cholula.

    -¡Te toca a ti mi buen amigo,

    reinicia el gozo por el encanto de las flores.

    Cantemos juntos,

    destruye tus dolores,

    las penas y tristezas,

    pues he culminado el inicio de las desfortunas de mi raza.

    Tú tocas cantando,

    aunque con llanto sigas el ritmo instrumental sonoro.

    Y todos danzando con incienso, sintiendo las nuevas flores disfrutando, jubilosos de que Dios sigue glorioso, porque la sensible vida tiene ahora herederos, nuevos hombres.

    -De pronto, hasta adelante del otro vagón se escuchaba-.

    -o no estoy acostumbrada a eso, es poco común, los hombres tienen que ceder el lugar a los mayores. Lo que pasa es que en México y en estas nubes de humo y este mar de gente ya no hay educación, son unos...groseros.

    -Yo no, yo si estoy educado. -Decía un Cuarí-.

    -Discúlpala, así es mi mamá, de rara. Nos vemos. ¡Mami!. -Contesta la chiquita-.

    -Yo no soy rara, soy educada. Hasta la noche hija. -Dice la Señora Olmeca que se iba a trabajar a San Sebastián-.

    -Te quiero mucho, agárrame de la mano porque ya vamos a llegar. -Decía el mayor de los niños, Juanis-.

    Mi abuelo seguía narrando la historia en esa húmeda tarde donde los pájaros cantaban, con reflejos de sol, de oro y agua, para crecer sus tierras.

    Contaba que Miquitzin era el precavido, reconocido escribano y peculiar príncipe, que lo tuvo todo y que llegó el día de compartir lo suyo para bienestar de muchas vidas, evitando caer en ostentosas fortunas, lloró su triste destino. El nació de buena cuna pues el cuento de su vida memoria dio y las fuertes flechas cayeron sobre los pobladores del valle del Anahuac.

    Danzaban los niños entre los límites de lo que es hoy Tlaxcala y Puebla, junto a los volcanes que yacen erguidos en el centro de México, el Popocatepetl y el Ixtlazihuatl.

    Cantaban con el llanto de la sangre del destino de su pueblo. –Eso veían entre las brazas de incienso de la fogata que ahuyentaba a los coyotes de la noche de luna-.

    Trataban de evitar danzando llenar nuevamente de lágrimas el Valle de Texcoco, ante la próxima muerte no olvidando el temor de gracia divina. Mientras Miquitzin escribía en pergamino de amate el inicio del cuento de su joven rey que vivía a las faldas de Ameca:

    ¡Gozoso, pues nací de Matlalcihuatzin,

    hija del señor de Tenochtitlán y de Ixtlixóchitl.

    Memoria tengo todavía de la muerte de tu padre por los Tecpanecas. Menester es la espera por cultivadas enseñanzas;

    dentro y fuera del Calmecac, para recobrar el trono contra las dos caras de la punta de la lanza de Maxtla!

    Zentli, el nieto más antiguo de mi abuelo hermano de Miquitzin le decía.

    -¡Sonriente pequeño Miquitzin, en espera has de estar, cansados tus hombros, pies, corazón y manos. El tiempo premiara con dones y virtudes. Mirar al cielo, porque trabajo hay sin descanso, pues el mandato es recuperar el reino, cortando cabezas blancas con tan filoso don. Terminar la vida, de penetrante ocaso. Deberás atar los cabos y la sangre de nuestros pueblos. No mirar el canto del enemigo sobre voces de futuras generaciones. Luchar como la Triple alianza, canta la lira y de gusto.

    -¡Achtopa, aquel que vive en paz, que vive la vida, que recoge las flores; una por una, no sufrirá! -Repicaba Miquitzin-.

    ¿Abuelito y que mas pasó? -preguntaba-.

    -Hay hijo mío, yo sigo siendo el mismo, igual que el recuerdo en elevado canto, miradme erguido y florido. Buen momento no olvidado, menesteres de mi canto. Miquitzin con ecos y voces de su danza escribió que el Coyote Hambriento en Azcapotzalco huyó. 600 años no en vano pasaron, pues ahora el nacimiento del cuento creció ¡Lo se y sigo con la cabeza inclinada! ¿Cómo no dar gracias a los dioses olvidados y a la vida por mirar este imperio? Obligación tengo con hombres, niños y mujeres para defenderlos del enemigo y de las manos que se esconden en el miedo de sus gentes.

    Y continuó narrándonos que los padres de los pequeños gritaban.

    -¡Suenan teponaztles y gritan los caracoles!

    -Repican los huesos y las sonajas de danzantes, caballeros Águila y Tigre mantener el corazón con calma, para que Dios envíe paciencia, alegrar el tiempo, sembrar la tierra, educar a los hijos para que no sufran los ancianos. Que las palabras aneguen el ejemplo de la cordialidad, la sabiduría y el pensamiento de humanidad. –leía en ese risco junto al manzano y al nogal Miquitzin-.

    Finalmente exclamaba el abuelo-.

    -A mis pequeños nietos, quien les enseñara a bailar como a Miquitzin, en esta casa donde revoloteaban los plumajes de quetzal.

    -Yoyontzin junto al águila que grazna y devora a la serpiente sobre el nopal Igual que en los tiempos de la Gran Tenochtitlán, quien miró junto a los dioses, el lago y el imperio. ¡Ha muerto! –Decía la abuela de cabeza blanca y miraba al cielo-.

    Mientras, el menor de los niños que estaba en el rinconcito de aquel vagón de la locomotora y esperando llegar a la ciudad, escuchaba el consejo de su padre.

    -Sede el lugar a quien lo necesite, respeta a tus mayores y verás que te darán una sonrisa y una palmadita en tu cabeza.

    El silencio se postró del túnel. El Convoy estaba rodeado de un bosque rodeado de arbustos y una fresca brisa del amanecer, entre hojas verdes de los helechos de las bolsas de mandado, gotitas de resina, aguas transparentes de las botellas y luces incandescentes de colores. Abrumados por la luz, solo la concentración de las manotas en los vidrios pañosos y los ojos del color del olivo solamente se veían. Las sonrisas y las lágrimas de todos sus pasajeros daban la pauta a toda una cotidianeidad de ese nuevo día.

    Ya casi por llegar a Tehuacan, el abuelo me preguntó.

    -¿Quieres escribir un sin cuentos?

    Mientras bien formados para bajar del tren, los escuincles cantaban.

    ¡Hoy llueven briznas de sol,

    mojan gotas de luz,

    retoñan capullos de flor!

    Todos cantando,

    liras y cantos de nuestro señor.

    ¡Oh Nezahualcoyotl!

    Naces en cada canto que ofreces,

    los tiempos no pasan,

    porque ¡tú no mueres!

    ¡Salgan flores hermosas!

    ¡Hoy es día de los cantos de vida!

    en medio del lago,

    sigue regando,

    mojando la tierra,

    regando con cantos. FIN

    espero te guste Paquita de Argentina

    Fuente(s): www.tuobra.unam.mx/publicadas/020924153000.html
  • hace 1 década
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